—Si asoman el hocico, no faltará quien nos advierta. Sé la que me juego conspirando, y no me dejaré tomar en la cama como una liebre.
El Coronelito asintió con gesto placentero:
—Eso quiere decir que se puede echar otro trago. Poner centinelas en los pasos estratégicos es providencia de buen militar. ¡Te felicito, Filomeno!
Hablaba con el gollete de la cantimplora en la boca, tendido a la bartola en el jinocal, rotunda la panza de dios tibetano.
III
La casa vacía, las estancias en desierta penumbra se conmovieron con alborozo de voces ligeras: Timbradas risas de infancias alegres poblaron el vano de los corredores. La niña ranchera, iluminada con los inciensos del misacantano, entraba quitándose los alfileres del manto, en la dispersión de una tropa de chamacos. El Coronelito de la Gándara roncaba en el jinocal, abierto de zancas, y un ritmo solemne de globo terráqueo conmovía la báquica andorga. Cambió una mirada con el marido la niña ranchera:
—¿Y ese apóstol?
—Aquí se ha venido buscando refugio. Por lo que cuenta, cayó en desgracia y está en la lista de los impurificados.
—¿Y vos cómo lo pasastes? ¡Me habés tenido en cuidado, toda la noche esperando!...
El ranchero calló ensombrecido, y la mirada endrina de empavonados aceros mudaba sus duras luces a una luz amable: