—Domiciano, será un fregado que mi peonada no quiera reconocerte por jefe, y se ofusque y cumpla la orden de tronarte.
El Coronelito se atizó un trago y afligió la cara:
—Filomeno, abusas de tus preeminencias y me estás viendo chuela.
Replicó el otro con humor chancero:
—Domiciano, reconozco tu mérito y te nombraré corneta, si sabes solfeo.
—¡No me hagas pendejo, hermano! En mi situación, esas pullas son ofensas mortales. A tu lado, en puesto inferior, no me verás nunca. Digámonos adiós, Filomeno. Confío que no me negarás una montura y un guía baqueano. Tampoco estará de más algún aprovisionamiento de plata.
Filomeno Cuevas, amistoso, pero jugando siempre en los labios la sonrisa soflamera, posó la mano en el hombro del Coronelito:
—¡No te rajes, valedor! Aún falta que arengues a la peonada. Yo te cedo el mando si te aclama por jefe. Y en todo caso, haremos juntos las primeras marchas, hasta que se presente ocasión de zafarrancho.
El Coronelito de la Gándara inflose, haciendo piernas, y socarroneó en el tono del ranchero:
—Manís, harto me favoreces para que te dispute una bola de indios: A ti pertenece conducirlos a la matanza, pues eres el patrón y los pagas con tu plata. No macanees y facilítame montura, que si aquí me descubren vamos los dos a Santa Mónica. ¡Mira que tengo los sabuesos sobre el rastro!