Disimuló su enojo el empeñista:
—Señor Coronelito, supuesta la omisión, no faltarán medios de operar con buen resultado a sus agentes. La chinita vive con un roto que alguna vez visitó mi establecimiento, y por seguro que usted tiene su filiación, pues no actuó siempre como ciudadano pacífico. Es uno de los plateados que se acogieron a indulto tiempos atrás, cuando se pactó con los jefes, reconociéndoles grados en el Ejército. Recién disimula trabajando en su oficio de alfarero.
—¿El nombre del sujeto, no lo sabe usted?
—Acaso lo recuerde más tarde.
—¿Las señas personales?
—Una cicatriz en la cara.
—¿No será Zacarías el Cruzado?
—Temo dar un falso reseñamiento, pero me inclino sobre esa sospecha.
—Señor Peredita, son muy valorizables sus aportaciones, y le felicito nuevamente. Creo que estamos sobre los hilos. Puede usted retirarse, Señor Pereda.
Insinuó el gachupín: