Repuso del adentro la voz azorada de la chinita:
—¡Me ha dejado para siempre el raído! ¡Aquí no lo busques! ¡Tiene horita otra querencia ese ganado!
La sombra, amilanada tras la piedra del metate, arrastra el plañido y disimula el bulto. La tropa de gendarmes se juntaba sobre la puerta, con los pistolones apuntados al adentro. Ordenó el caporal:
—Sal tú para fuera.
—¿Qué me querés?
—Ponerte una flor en el pelo.
El caporal choteaba baladrón, por divertir y asegurar a su gente. Vino del fondo la comadre, con el crío sobre el anca, la greña tendida por el hombro, sumisa y descalza:
—Podes catear todos los rincones. Se ha mudado ese atorrante, y no más dejó que unos guaraches para que los herede el chamaco.
—Comadrita, somos baqueanos y entendemos esa soflama. Usted, niña, ha empeñado una tumbaguita perteneciente al Coronel de la Gándara.
—Por purita casualidad se ha visto en mi mano. ¡Un hallazgo!