—Tú me ganas... ¿Y qué sucedió? Vas a dejarme capturar, mi viejo. ¿Qué traes resuelto?
El patrón, apeado de un salto, entrábase por la arcada, sonoras las plateras espuelas y el zarape de un hombro colgándole: El recamado alón del sombrero revestía de sombra el rostro aguileño, de caprinas barbas:
—Domiciano, voy a darte una provisión de cincuenta bolívares, un guía y un caballo, para que tomes vuelo. Enantes, con la mosca de tus macanas, te hablé de remontarnos juntos. Mero, mero, he mudado de pensamiento. Los cincuenta bolívares te serán entregados al pisar las líneas revolucionarias. Irás sin armas, y el guía lleva la orden de tronarte si le infundes la menor sospecha. Te recomiendo, mi viejo, que no lo divulgues, porque es una orden secreta.
El Coronelito se incorporó calmoso, apagando con la mano un lamento de la guitarra.
—¡Filomeno, deja la chuela! Harto sabes, hermano, que mi dignidad no me permite suscribir esa capitulación denigrante. ¡Filomeno, no esperaba ese trato! ¡De amigo, te has vuelto Cancerbero!
Filomeno Cuevas, con garbosa cachaza, tiró en el jinocal zarape y jarano: Luego sacó del calzón el majo pañuelo de seda y se enjugó la frente, encendida y blanca entre mechones endrinos y tuestes de la cara:
—¡Domiciano, vamos a no chingarla! Tú te avienes con lo que te dan y no pones condiciones.
El Coronelito abrió los brazos:
—¡Filomeno, no late en tu pecho un corazón magnánimo!
Tenía el pathos chispón de cuatro candiles, la verba sentimental y heroica de los pagos tropicales. El patrón, sin dejar el chanceo, fue a tenderse en la hamaca, y requirió la guitarra, templando: