—¡Domiciano, voy a salvarte la vida! Aún fijamente no estoy convencido de que la tengas en riesgo, y tomo mis precauciones: Si eres un espía, ten por seguro que la vida te cuesta. Chino Viejo te pondrá salvo en el campamento insurrecto, y allí verán lo que hacen de tu cuera. Precisamente me urgía mandar un mensaje para aquella banda, y tú lo llevarás con Chino Viejo. Pensaba que fueses corneta a mis órdenes, pero las bolas han rodado contrariamente.
El Coronelito se finchó con alarde de Marte:
—Filomeno, me reconozco tu prisionero y no me rebajo a discutir condiciones. Mi vida te pertenece, puedes tomarla si te causa molestia. ¡Enseñas buen ejemplo de hospitalidad a estos chamacos! Niños, no se remonten: Vengan ustedes acá un rato y aprendan cómo se recibe al amigo que llega sin recursos, buscando un refugio para que no lo truene el Tirano.
La tropa menuda hacía corro, los ingenuos ojos asustados con atento y suspenso mirar. De pronto, la más mediana, que abría la rueda pomposa de su faldellín entre dos grandotes atónitos, se alzó con lloros, penetrando en el drama del Coronelito. Salió, acuciosa, la abuela, una vieja de sangre italiana, renegrida, blanco el moñete, los ojos carbones y el naso dantesco:
—¿Cosa c’é, amore?
El Coronelito ya tenía requerido a la niña, y refregándole las barbas, la besaba: Erguíase rotundo, levantando a la llorosa en brazos, movida la glotona figura con un escorzo tan desmesurado, que casi parodiaba la gula de Saturno. Forcejea y acendra su lloro la niña por escaparse, y la abuela se encrespa sobre el cortinillo japonés, con el rebozo mal terciado. El Coronelito la rejonea con humor alcohólico.
—¡No se acalore, mi viejita, que es nocivo para el bazo!
—¡Ni me asustés vos a la bambina, mal tragediante!
—Filomeno, corresponde con tu mamá política y explícale la ocurrencia: La lección que recibes de tus vástagos, el ejemplo de este ángel. ¡No te rajes y satisface a tu mamá! ¡Ten el valor de tus acciones!