—¿No alargará su plazo el Señor Peredita?
—¡Poco hay que esperar, mi viejo!
—Sin el enojo con la chinita hubiera estado más contemplativo.
Zacarías, con la chupalla sobre la cara y el costal en las rodillas, amusgaba la oreja. El ciego se había sacado del bolsillo un cartapacio de papelotes y registraba entre ellos, como si tuviese vista en el luto de las uñas:
—Vuelve a leerme las condiciones del contrato. Alguna cláusula habrá que nos favorezca.
Alargábale a la chamaca una hoja con escrituras y sellos:
—¡Taitita, cómo soñamos! El gachupín nos tiene puesto el dogal.
—Repasa el contrato.
—De memoria me lo sé. ¡Perdidos, mi viejo, como no hallemos modo de ponernos al corriente!
—¿A cuánto sube el devengo?