—Siete pesos.
—¡Qué tiempos tan contrarios! ¡Otras ferias siete pesos no suponían ni tlaco! ¡La recaudación de una noche como la de ayer superaba esa cantidad por lo menos tres veces!
—¡Yo todos los tiempos que recuerdo son iguales!
—Tú eres muy niña.
—Ya seré vieja.
—¿No te parece que insistamos con un ruego al Señor Peredita? ¡Acaso exponiéndole nuestros propósitos de que tú cantes lueguito en conciertos!... ¿No te parece bien volver a verle?
—¡Volvamos!
—Lo dices sin esperanza.
—Porque no la tengo.
—¡Hija mía, no me das ningún consuelo! ¡El Señor Peredita también tendrá corazón!