—¡Es gachupín!

—Entre los gachupines hay hombres de conciencia.

—El Señor Peredita nos apretará el dogal, sin compasión. ¡Es muy ruin!

—Reconoce que otras veces ha sido más deferente... Pero estaba muy tomado de cólera con aquella chinita, y no debía fallarle razón cuando la pusieron a la sombra.

—¡Otra que paga culpas de Domiciano!

IV

Zacarías se movió hacia la mustia pareja. El ciego, cerciorado de que la niña no leía el papel, lo guardaba en el cartapacio de hule negro. La cara del lechuzo tenía un gesto lacio, de cansina resignación. La niña le alargaba su plato al perro de Zacarías. Insistió Velones:

—¡Domiciano nos ha fregado! Sin Domiciano, Taracena estaría regentando su negocio y podría habernos adelantado la plata, o salido garante.

—Si no lo rehusaba.

—¡Ay, hija, déjame un rajito de esperanza! Si me lo autorizases, pediría una botella de chicha. ¡No me decepciones! La llevaremos a casa y me inspiraré para terminar el vals que dedico a Generalito Banderas.