—Es absurdo que me vengas a mí con esa factura de cargos. ¡Un espectáculo horrible! ¡Una desgracia! Quintín Pereda es ajeno a ese resultado. Te devolveré la tumbaguita. No hago cuenta de los bolivianos. ¡Quiere decirse que te beneficias con mi plata! Recoge esos restos. Dales sepultura. Comprendo que, bebiendo, hayas buscado consolarte. Vete. La tumbaguita pasas mañana a recogerla. Dale sepultura sagrada a esos restos.
—¡Don Quintinito cabrón, vas, vos acompañarme!
VIII
El Cruzado, con súbita violencia, rebota la montura, y el lazo de la reata cae sobre el cuello del espantado gachupín, que se desbarata abriendo los brazos. Fue un dislocarse atorbellinado de las figuras, al revolverse del guaco, un desgarre simultáneo. Zacarías, en alborotada corveta, atropella y se mete por la calle, llevándose a rastras el cuerpo del gachupín: Lostregan las herraduras y trompica el pelele, ahorcado al extremo de la reata. El jinete, tendido sobre el borrén, con las espuelas en los ijares del caballo, sentía en la tensa reata el tirón del cuerpo que rebota en los guijarros. Y consuela su estoica tristeza indiana Zacarías el Cruzado.
LIBRO SÉPTIMO
NIGROMANCIA
I
Están prontos los caballos para la fuga en el rancho de Ticomaipú. El Coronelito de la Gándara cena con Niño Filomeno. Sobre los términos de la colación, manda llamar a sus hijos el ranchero. Niña Laurita, con reservada tristeza, sale a buscarlos, y acude, brincante, la muchachada, sin atender a la madre, que asombra el gesto con un dedo en los labios. El patrón también sentía cubierta su fortaleza con una nube de duelo: Tenía los ojos en los manteles: No miraba ni a la mujer ni a los hijos: Recobrándose, levantó la frente con austera entereza.
II
Los chamacos, en el círculo de la lámpara, repentinamente mudos, sentían el aura de una adivinación telepática: