Gritó el gachupín con guiño perlático:
—¡No puedo recordar todas las operaciones! ¡Vete no más! ¡Vuelve cuando te halles fresco! ¡Se verá si puede mejorarse la tasa!
—Este asunto lo ultimamos luego luego. Patroncito, habés denunciado a la chinita y vamos a explicarnos.
—Vuelve cuando estés menos briago.
—Patroncito, somos mortales, y a lo pior tenés la vida menos segura que la luz de ese candil. ¿Patroncito, quién ha puesto a la chinita en la galera? ¿No habés visto el ranchito vacío? ¡Ya lo verés! ¿No habés abierto el saco? ¡Ándele, Señor Peredita, y no se dilate!
—Tendrá que ser, pues eres un alcohólico obstinado.
El honrado gachupín comenzó a desatar el saco: Tenía el viejales un gesto indiferente. A la verdad, no le importaba que fuese chivo o marrano lo que guardase. Se transmudó con una espantada al descubrir la yerta y mordida cabeza del niño:
—¡Un crimen! ¿Me buscas para la encubierta? ¡Vete y no me traigas mal tercio! ¡Vete! ¡No diré nada! ¡So chingado, no me comprometas! ¿Qué puedes ofrecerme? ¡Un puñado de plata! ¡So chingado, un hombre de mi posición no se compromete por un puñado de plata!
Habló Zacarías, remansada la voz en abismos de cólera:
—Ese cuerpo es el de mi chamaco. La denuncia cabrona le puso a la mamasita en la galera. ¡Me lo han dejado solo para que se lo comiesen los chanchos!