El Cruzado fraseó con torva insistencia, apagada la voz en un silo de cólera mansa:

—Patrón, usted abre no más, y se entera.

—Poco me importa. Chivo o marrano, con tu pan te lo comas.

El gachupín se encogió viendo caérsele encima la sombra del Cruzado.

—¡Señor Peredita, buscás abrir el saco con los dientes!

—Roto, no me traigas un pleito de gaucho malo. Si deseas algún servicio de mi parte, vuelves cuando te halles más despejado.

—Patrón, mero mero liquidamos. ¿Recordás de la chinita que dejó una tumbaga en nueve bolivianos?

El honrado gachupín se aleló, capcioso:

—No recuerdo. Tendría que repasar los libros. ¿Nueve bolivianos? No valdría más. Las tasas de mi establecimiento son las más altas.

—¡Quier decirse que aún los hay más ladrones! Pero no he venido sobre ese tanto. Usted, patrón, ha presentado denuncia contra la chinita.