—Señor Peredita, no se sobresalte. Tengo que recobrar una alhajita.
—¿Traes el comprobante?
—¡Véalo no más!
El Cruzado, metiendo la montura en el portal, ponía sobre el mostrador el saco manchado y mojado de sangre. Se espantó el gachupín:
—¡Estás briago! Jaláis más de la cuenta, y luego venís a faltar en los establecimientos. Toma el saquete y camínate, luego, luego.
El Cruzado casi tocaba en la viguería con la cabeza: Le quedaba en sombra la figura desde el pecho a la cara, en tanto que las manos y el borrén de la silla destacaban bajo la luz del mostrador:
—¿Señor Peredita, pues no habés pedido el comprobante?
—¡No me friegues!
—Abra usted el saco.
—Camínate y déjame de tus macanas.