—¡Buenas noches, patrón!
Zacarías el Cruzado —poncho y chupalla, botas de potro y espuelas—, encorvándose sobre el borrén, adelantaba por la puerta medio caballo. El honrado gachupín le miró con cicatera suspicacia:
—¿Qué se ofrece?
—Una palabrita.
—Ata el guaco en la puerta.
—No tiene doma, patrón.
El Señor Peredita pasó fuera del mostrador.
—¡Veamos qué conveniencia traes!
—¡Conocernos, patrón! Es usted muy notorio por mis pagos. ¡Conocernos! Solo a ese negocio he acudido a la feria, Señor Peredita.
—Tú has jalado más de la cuenta y es una sinvergüenzada venir a faltar a un hombre provecto. Camínate no más, antes que con una voz llame al vigilante.