El real de la feria tenía una luminosa palpitación cromática. Por los crepusculares caminos de tierra roja ondulaban recuas de llamas, piños vacunos, tropas de jinetes con el sol poniente en los sombreros bordados de plata. Zacarías se salió del tumulto, espoleando, y se metió por Arquillo de Madres.
VI
Zacarías el Cruzado se encubría con el alón de la chupalla: Una torva resolución le asombraba el alma, un pensamiento solitario, insistente, inseparable de aquel taladro dolorido que le hendía las sienes. Y formulaba mentalmente su pensamiento, desdoblándolo con pueril paralelismo:
—¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor Peredita!
Cuando pasaba ante alguna iglesia se santiguaba. Los tutilimundis encendían sus candilejas, y frente a una barraca de fieras sintió estremecerse los flancos de la montura: El tigre, con venteo de carne y de sangre, le rugía levantado tras los barrotes de la jaula, la enfurecida cabeza asomada por los hierros, los ojos en lumbre, la cola azotante: El Cruzado, advertido, puso espuelas para ganar distancia: Sobre la fúnebre carga que sostenía en el arzón, había dejado caer el poncho. El Cruzado se aletargaba en la insistencia monótona de su pensamiento, desdoblándolo con obstinación mareante, acompasado por el latido neurálgico de las sienes, sujeto a su ritmo de lanzadera:
—¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor Peredita!
Las calles tenían un cromático dinamismo de pregones, guitarros, faroles, gallardetes. En el marasmo caliginoso, adormecido de músicas, acohetaban repentes de gritos, súbitas espantadas y tumultos. El Cruzado esquivaba aquellos parajes de mitotes y pleitos. Ondulaba bajo los faroles de colores la plebe cobriza, abierta en regueros, remansada frente a bochinches y pulperías. Las figuras se unificaban en una síntesis expresiva y monótona, enervadas en la crueldad cromática de las baratijas fulleras. Los bailes, las músicas, las cuerdas de farolillos, tenían una exasperación absurda, un enrabiamiento de quimera alucinante. Zacarías, abismado en rencorosa y taciturna tiniebla, sentía los aleteos del pensamiento, insistente, monótono, trasmudando su pueril paralelismo:
—¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor Peredita!
VII
Iluminaba la calle un farol con el rótulo de la tienda en los vidrios: “Empeñitos de Don Quintín”. El tercer vidrio estaba rajado, y no podía leerse. Las percalinas rojas y gualdas de la bandera española decoraban la puerta: “Empeñitos de Don Quintín”. Dentro, una lámpara con enagüillas verdes alumbraba el mostrador. El empeñista acariciaba su gato, un maltés vejete y rubiales, que trascendía el absurdo de parecerse a su dueño. El gato y el empeñista miraron a la puerta, desdoblando el mismo gesto de alarma. El gato, arqueándose sobre las rodillas del gachupín, posaba el terciopelo de sus guantes en dos simétricos remiendos de tela nueva. El Señor Peredita llevaba manguitos, tenía la pluma en la oreja y sobre la misma querencia el seboso gorrete, que años pasados la niña bordó en el colegio: