Zacarías posó el saco a los pies, se desató el cinto y, sentado en la sombra del cedro, contó la plata sobre una punta del poncho. Nubes de moscas ennegrecían el saco, manchado y viscoso de sangre. El perro, con gesto legañoso, husmeaba en torno del caballo. Desmontó el jarocho. Zacarías ató la plata en la punta del poncho y, demorándose para cerrar el ajuste, reconoció los corvejones y la boca del guaco: Puesto en silla cabalgó probándolo en cortas carreras, obligándole de la brida con brusco arriende, como cuando se tira al toro la mangana. El jarocho, en la linde de la polvorienta estrada, atendía al escaramuz, sobre las cejas la visera de la mano. Zacarías se acercó, atemperando la cabalgada:

—Me cumple.

—¡Una alhaja!

Zacarías desató la punta del poncho, y en la palma del campero, moneda a moneda, contó la plata:

—¡Amigo, nos vemos!

—¿No vos caminarés mero mero sin mojar el trato?

—Mero mero, amigo. Me urge no dilatarme.

—¡Vaya chance!

—Tengo que restituirme a mi pago. Queda en palabra que trincaremos en otra ocasión. ¡Nos vemos, amigo!

—¡Nos vemos! Compadrito, cuidame vos del ruano.