—Me estoy en lo hablado.
Zacarías no mudaba de voz ni de gesto: Con la insistencia monótona de la gota de agua, reiteraba su oferta. El jarocho revolvió la montura, haciendo lucidas corvetas:
—¡Se gobierna con un torzal! Mirale la boca y verés vos que no está cerrado.
Repitió Zacarías con su opaca canturía:
—No más me conviene en cincuenta bolivianos. Sesenta con el aparejo.
El jarocho se doblaba sobre el arzón sosegando al caballo con palmadas en el cuello. Compadreó:
—Setenta bolivianos, amigo, y de mi cuenta las copas.
—Sesenta con la silla puesta, y me dejás la reata y las espuelas.
Animose el campero, buscando avenencia:
—¡Sesenta y cinco! ¡Y te llevas, manís, una alhaja!