El Cruzado se fue despacio, enhebrándose por la rueda de charros y boyeros que, sin apearse de las monturas, bebían a la puerta del bochinche: Inmóvil el gesto de su máscara verdina, huraño y entenebrecido, con taladro doloroso en las sienes, metiose en las grescas y voces del real, que juntaba la feria de caballos. Cedros y palmas servían de apoyo a los tabanques de jaeces, facones y chamantos. Se acercó a una vereda ancha y polvorienta, con carros tolderos y meriendas: Jarochos jinetes lucían sus monturas en alardosas carreras, terciaban apuestas, se mentían al procuro de engañarse en los tratos. Zacarías, con los pies en el polvo, al arrimo de un cedro, calaba los ojos sobre el ruano que corría un viejo jarocho. Tentándose el cinto de las ganancias, hizo seña al campero:

—¿Se vende el guaco?

—Se vende.

—¿En cuánto lo ponés, amigo?

—Por muy bajo de su mérito.

—¡Sin macanas! ¿Querés vos cincuenta bolivianos?

—Por cada herradura.

Insistió Zacarías con obstinada canturía:

—Cincuenta bolivianos, si querés venderlo.

—¡No es pagarlo, amigo!