IV

La niña ranchera abraza al marido, en el fondo de la sala, y lloriquea la tropa de chamacos encandillándose a la falda de la madre. Hipando su grito, irrumpe por una puerta la abuela carcamana:

—¿Perché questa follia? Se il Filomeno trova fortuna nella rivoluzione potrá diventar un Garibaldi. ¡Non mi spaventar i bambini!

El Cruzado miraba por los hierros, la figura toda en sombra. El ojo enorme del caballo recibía por veces una luz en el juego de las siluetas que accionaban cortando el círculo del candil. Zacarías aún terciaba sobre la silla el saco con el niño muerto. En la sala, el grupo familiar rodeaba al patrón. La madre, uno por uno, levantaba a los hijos, pasándoles a los brazos del padre. Consideró Zacarías, con dejo apagado:

—¡Son pidazos del corazón!

V

Chino Viejo acercó los caballos, y los ecos de la galopada rodaron por la nocturna campaña. Zacarías en el primer sofreno, al meterse por un vado, apareó su montura con la del Coronelito:

—¡Se chinga Banderitas! Tenemos un auxiliar muy grande. ¡Aquí va conmigo!

El Coronelito le miró, sospechándole borracho:

—¿Qué dices, manís?