El Fuerte de Santa Mónica, que en las luchas revolucionarias sirvió tantas veces como prisión de reos políticos, tenía una pavorosa leyenda de aguas empozoñadas, mazmorras con reptiles, cadenas, garfios y cepos de tormento. Estas fábulas, que databan de la dominación española, habían ganado mucho valimiento en la tiranía del General Santos Banderas. Todas las tardes en el foso del baluarte, cuando las cornetas tocaban fajina, era pasada por las armas alguna cuerda de revolucionarios. Se fusilaba sin otro proceso que una orden secreta del Tirano.
II
Nachito y el estudiante traspasaron la poterna, entre la escolta de soldados. El Alcaide los acogió sin otro trámite que el parte verbal depuesto por un sargento, y enviado desde la cantina por el Mayor del Valle. Al cruzar la poterna, los dos esposados alzaron la cabeza para hundir una larga mirada en el azul remoto y luminoso del cielo. El Alcaide de Santa Mónica, Coronel Irineo Castañón, aparece en las relaciones de aquel tiempo como uno de los más crueles sicarios de la Tiranía: Era un viejo sanguinario y potroso que fumaba en cachimba y arrastraba una pata de palo. Con la bragueta desabrochada, jocoso y cruel, dio entrada a los dos prisioneros:
—¡Me felicito de recibir a una gente tan seleccionada!
Nachito acogió el sarcasmo con falsa risa de dientes y quiso explicarse:
—Se padece una ofuscación, mi Coronelito.
El Coronel Irineo Castañón vaciaba la cachimba golpeando sobre la pata de palo:
—A mí en eso ninguna cosa me va. Los procesos, si hay lugar, los instruye el Licenciadito Carballeda. Ahora, como aún se trata de una simple detención, van a tener por suyo todo el recinto murado.
Agradeció Nachito con otra sonrisa cumplimentera y acabó moqueando:
—¡Es un puro sonambulismo este fregado!