El Cabo de Vara, en el sombrizo de la puerta, hacía sonar la pretina de sus llaves: Era mulato, muy escueto, con automatismo de fantoche: Se cubría con un chafado kepis francés, llevaba pantalones colorados de uniforme, y guayabera rabona muy sudada: Los zapatos de charol, viejos y tilingos, traía picados en los juanetes. El Alcaide le advirtió jovial:
—Don Trini, a estos dos flautistas vea de suministrarles boleto de preferencia.
—No habrá queja. Si vienen provisorios se les dará luneta de muralla.
Don Trini, cumplida la fórmula del cacheo, condujo a los presos por un bovedizo con fusiles en armario: Al final, abrió una reja y los soltó entre murallas:
—Pueden pasearse a su gusto.
Nachito, siempre cumplimentero y servil, rasgó la boca:
—¡Muchísimas gracias, Don Trini!
Don Trini, con absoluta indiferencia, batió la reja, haciendo rechinar cerrojos y llaves: Gritó alejándose:
—Hay cantina, si algo desean y quieren pagarlo.