El rostro de cordobán, burilado de arrugas, tenía un gesto estoico: La rasura de la barba, crecida y cenicienta, daba a su natural adusto un cierto aire funerario. Nachito y Marco Aurelio caminaron inciertos, como viajeros extraviados: Nachito, si algún preso cruzaba por su vera, apartábase solícito y abría paso con una sonrisa amistosa. Llegaron al baluarte y se asomaron a mirar el mar alegre de luces mañaneras, nigromántico con la fúnebre ringla balanceándose en las verdosas espumas de la resaca. Entre los presos que coronaban el baluarte acrecía la zaloma de motín con airados gestos y erguir de brazos. Nachito se aleló de espanto:
—¿Son náufragos?
El viejo de la frazada le miró despreciándole:
—Son los compañeros recién ultimados en Foso-Palmitos.
Interrogó el estudiante:
—¿No se les enterraba?
—¡Qué va! Se les tiraba al mar. Pero visto cómo a los tiburones ya les estomaga la carne revolucionaria, tendrán que darnos tierra a los que estamos esperando vez.
Tenía una risa rabiosa y amarga. Nachito cerró los ojos:
—¿Es de muerte su sentencia, mi viejo?
—¿Pues conoce otra penalidad más clemente el Tigre de Zamalpoa? ¡De muerte! ¡Y no me arrugo ni me rajo! ¡Abajo el Tirano!