Los prisioneros encaramados en el baluarte, hundían las miradas en los disipados verdes que formaba la resaca entre los contrafuertes de la muralla. El grupo tenía una frenética palpitación, una brama, un clamoreo de denuestos. El Doctor Alfredo Sánchez Ocaña, poeta y libelista, famoso tribuno revolucionario, se encrespó con el brazo tendido en arenga, bajo la mirada retinta del centinela que paseaba en la poterna con el fusil terciado:

—¡Héroes de la libertad! ¡Mártires de la más noble causa! ¡Vuestros nombres escritos con letras de oro, fulgirán en las páginas de nuestra Historia! ¡Hermanos, los que van a morir os rinden un saludo, y os presentan armas!

Se arrancó el jipi con un gran gesto, y todos le imitaron. El centinela amartilló el fusil:

—¡Atrás! No hay orden para demorar en el baluarte.

Le apostrofó el Doctor Sánchez Ocaña:

—¡Vil esclavo!

Una barca tripulada por carabineros de mar, arriando vela, maniobraba para recoger los cadáveres. Embarcó siete. Y como los prisioneros en creciente motín no desalojaban el baluarte, salió la guardia y sonaron cornetas.

V

Nachito, tomado de alferecía, se agarraba al brazo del estudiante:

—¡Nos hemos fregado!