El viejo de la manta le miró despacio, el belfo mecido por una risa de cabrío:

—No merita tanto atribulo esta vida pendeja.

Nachito ahiló la voz en el hipo de un sollozo:

—¡Muy triste morir inocente! ¡Me condenan las apariencias!

Y el viejo, con burlona mueca de escarnio, seguía martillando:

—¿No sos revolucionario? Pues sin merecerlo vas vos a tener el fin de los hombres honrados.

Nachito, relajándose en una congoja, tendía los ojos suplicantes al preso, que, con el ceño fruncido y la manta tendida sobre las piernas, se había puesto a estudiar la geometría de un remiendo. Nachito intentó congraciarse la voluntad de aquel viejo de cordobán: El azar los reunía bajo la higuera, en un rincón del patio:

—Nunca he sido simpatizante con el ideario de la revolución y lo deploro, comprendo que son ustedes héroes con un puesto en la Historia: Mártires de la Idea. ¡Sabe, amigo, que habla muy lindo el Doctor Sánchez Ocaña!

Hízole coro el estudiante, con sombrío apasionamiento:

—En el campo revolucionario militan las mejores cabezas de la República.