Aduló Nachito:
—¡Las mejores!
Y el viejo de la frazada, lentamente, mientras enhebra, desdeñoso y arisco comentaba:
—Pues, manifiestamente, para enterarse no hay cosa como visitar Santa Mónica. A lo que se colige, el chamaco tampoco es revolucionario.
Declaró Marco Aurelio con firmeza:
—Y me arrepiento de no haberlo sido, y lo seré, si alguna vez me veo fuera de estos muros.
El viejo, anudando la hebra, reía con su risa de cabra:
—De buenos propósitos está empedrado el Infierno.
Marco Aurelio miró al viejo conspirador y juzgó tan cuerdas sus palabras, que no sintió el ultraje: Le sonaban como algo lógico e irremediable en aquella cárcel de reos políticos, orgullosos de morir.