—¡Mucho le intriga esa lectura! ¿Sueña usted con evadirse?
—Pues quién sabe.
—¡Ya estaría bueno, podérsela jugar al Coronelito Pata de Palo!
Cerró el libro con un suspiro el que leía:
—No hay que pensarlo. Posiblemente a usted y a mí nos fusilan esta tarde.
Denegó con ardiente convicción Don Roque:
—A usted, no sé... Pero yo estoy seguro de ver el triunfo de la Revolución. Acaso más tarde me cueste la vida. Acaso. Se cumple siempre el Destino.
—Indudablemente. ¿Pero usted conoce su Destino?
—Mi fin no está en Santa Mónica. Tengo encima el medio siglo, aún no hice nada, he sido un soñador y forzosamente debo regenerarme actuando en la vida del pueblo, y moriré después de haberle regenerado.
Hablaba con esa luz fervorosa de los agonizantes, confortados por la fe de una vida futura, cuando reciben la Eucaristía. Su cabeza tostada de santo campesino erguíase sobre la almohada como en una resurrección, y todo el bulto de su figura exprimíase bajo el sabanil como bajo un sudario. El otro prisionero le miró con amistosa expresión de burla y duda: