—¡Quisiera tener su fe, Don Roque! Pero me temo que nos fusilen juntos en Foso-Palmitos.

—Mi destino es otro. Y usted déjese de cavilaciones lúgubres y siga soñando con evadirse.

—Somos muy opuestos. Usted, pasivamente, espera que una fuerza desconocida le abra las rejas. Yo hago planes para fugarme y trabajo en ello sin echar de la imaginación el presentimiento de mi fin próximo. A lo más hondo esta idea me trabaja, y solamente, por no capitular, sigo el acecho de una ocasión que no espero.

—El Destino se vence si para combatirle sabemos reunir nuestras fuerzas espirituales. En nosotros existen fuerzas latentes, potencialidades que desconocemos. Para el estado de conciencia en que usted se halla, yo le recomendaría otra lectura más espiritual que esas Evasiones Célebres. Voy a procurarle El Sendero Teosófico: Le abrirá horizontes desconocidos.

—Recién le platicaba que somos muy opuestos. Las complejidades de sus autores me dejan frío. Será que no tengo espíritu religioso. Eso debe ser. Para mí todo acaba en Foso-Palmitos.

—Pues reconociéndose tan carente de espíritu religioso, usted será siempre un revolucionario muy mediocre. Hay que considerar la vida como una simiente sagrada que se nos da para que la hagamos fructificar en beneficio de todos los hombres. El revolucionario es un vidente.

—Hasta ahí llego.

—¿Y de quién recibimos esta existencia que tiene un sentido determinado? ¿Quién la sella con esa obligación? ¿Podemos impunemente traicionarla? ¿Concibe usted que no haya una sanción?

—¿Después de la muerte?

—Después de la muerte.