Chucho el Roto, con un ojo en el naipe, medía la diferencia entre las dos cartas del albur. Silbó despectivo:
—Psss... Van igualadas.
Posando la baraja sobre la manta, se enjugó la frente con un vistoso pañuelo de seda. Percibiendo a los jugadores atentos, comenzó a tirar con una mueca de sorna y la cara torcida bajo la cicatriz. Vino el tres que jugaba Nachito. Palpitó a su lado el espectro:
—¡Hemos ganado!
Reclamó Nachito batiendo con los nudillos en la manta:
—Ciento sesenta soles.
Chucho el Roto, al pagarle le clavó los ojos, con mofa procaz:
—Otro menos pendejo, con esa suerte, había desbancado. ¡Ni que un ángel se las soplase a la oreja!
Nachito, con gesto de bonachón asentimiento, apilaba el dinero y hacía sus gracias.
—¡Cua! ¡Cua!