—¡Pues son las inglesas!

—Don Cruz, eso quiere decir que no están cumplidamente vaciadas.

—Mi jefecito, el solazo de estas campañas le ha puesto la piel muy delicada.

El Mayor se inmovilizaba en el saludo militar. Niño Santos, mirando de refilón el espejillo que tenía delante, veía proyectarse la puerta y una parte de la estancia con perspectiva desconcertada:

—Me aflige que se haya puesto fuera de ley el Coronel de la Gándara. ¡Siento de veras la pérdida del amigo, pues se arruina por su genio atropellado! Me hubiera sido grato indultarle y la ha fregado nuestro Licenciadito. Es un sentimental, que no puede ver lástimas, merecedor de otra condecoración, una cruz pensionada. Mayor del Valle, pase usted orden de comparecencia para interrogar a esa alma cándida. ¿Y el chamaco estudiante por qué motivación ha sido preso?

El Mayor del Valle, cuadrado en el umbral, procuró esclarecerlo:

—Presenta malos informes, y le complica la ventana abierta.

La voz tenía una modulación maquinal, desviada del instante, una tónica opaca. Tirano Banderas remejía la boca:

—Muy buena observación, visto que usted más tarde había de arrugarse frente al tejado. ¿De que familia es el chamaco?

—Hijo del difunto Doctor Rosales.