—Alce Doña Rosita, no es un tablado de comedia la audiencia del Primer Magistrado de la Nación. Exponga su pleito con comedimiento. ¿Qué le sucede al hijo del lamentado Doctor Rosales? ¡Aquel conspicuo patricio hoy nos sería un auxiliar muy valioso para el sostenimiento del orden! ¡Doña Rosita, exponga su pleito!
—¡Generalito, esta mañana se me llevaron preso al chamaco!
—Doña Rosita, explíqueme las circunstancias de ese arresto.
—El Mayor del Valle venía sobre los pasos de un fugado.
—¿Usted le había dado acogimiento?
—¡Ni lo menos! Por lo que entendí, era su compadre Domiciano.
—¡Mi compadre Domiciano! ¿Doña Rosita, no querrá decir el Coronel Domiciano de la Gándara?
—¡Me tiraniza pidiéndome tan justa gramática!
—El Primer Magistrado de un pueblo no tiene compadres, Doña Rosita. ¿Y cómo en horas tan intempestivas la visita del Coronel de la Gándara?
—¡Un centellón, no más, mi Generalito! Entró de la calle y salió por la ventana sin explicarse.