Tirano Banderas, en el umbral, saludó, quitándose el sombrero, tendidos los ojos para descubrir a Don Roque. Todo aquel mundo carcelario estaba vuelto a la puerta, inmovilizado en muda zozobra. El Tirano acostumbrada la vista a la media luz del calabozo, penetró por la doble hilera de hamacas. Extremando su rancia ceremonia, señalaba un deferente saludo al corro centrado por Don Roque Cepeda:

—Mi Señor Don Roque, recién me entero de su detención en el fuerte. ¡Lo he deplorado! Hágame el honor de considerarme ajeno a esa molestia. Santos Banderas guarda todos los miramientos a un repúblico tan ameritado, y nuestras diferencias ideológicas no son tan irreductibles como usted parece presuponerlo, mi Señor Don Roque. En todas las circunstancias usted representa para mí en el campo político al adversario que, consciente de sus deberes ciudadanos, acude a los comicios y riñe la batalla sin salirse fuera de la Carta Constitucional. Notoriamente he procedido con el mayor rigor en las sumarias instruidas a los aventureros que toman las armas y se colocan fuera de las leyes. Para esos caudillos que no vacilan en provocar una intervención extranjera, seré siempre inexorable, pero esta actuación no excluye mi respeto y hasta mi complacencia para los que me presentan batalla amparados en el derecho que les confieren las leyes. Don Roque, en ese terreno deseo verle a usted, y comienzo por decirle que reconozco plenamente su patriotismo, que me congratula la generosa intención de su propaganda por tonificar de estímulos ciudadanos a la raza indígena. Sobre este tópico aún hemos de conversar, pero horita solo quiero expresarle mis excusas ante el lamentado error policial, originándose que la ergástula del vicio y de la corrupción se vea enaltecida por el varón justo de que nos habla el latino Horacio.

Don Roque Cepeda, en la rueda taciturna de sus amigos incrédulos, se iluminaba con una sonrisa de santo campesino, tenía un suave reflejo en las bruñidas arrugas:

—Señor General, perdóneme la franqueza. Oyéndole me parece escuchar a la Serpiente del Génesis.

Era de tan ingenua honradez la expresión de los ojos y el reflejo de la sonrisa en las arrugas, que excusaban como acentos benévolos la censura de las cláusulas. Tirano Banderas inmovilizaba las aristas de su verde mueca:

—Mi Señor Don Roque, no esperaba de su parte esa fineza. De la mía propositaba ofrecerle una leal amistad y estrechar, su mano, pero visto que usted no me juzga sincero, me limito a reiterarle mis excusas.

Saludó con la castora y, apostillado por los dos ayudantes, se dirigió a la puerta.

VI

Entre la doble fila de hamacas saltó, llorón y grotesco, el Licenciado Veguillas:

—¡Cua! ¡Cua!