—¡Me sonroja verle! Sus delaciones no se redimen cantando la rana.
—Mi Generalito es un viceversa magnético.
Tirano Banderas, con la punta de la bota, le hizo rodar por delante del centinela, que, pegado al quicio de la puerta, presentaba el arma:
—Voy a regalarle un gorro de cascabeles.
—¡Mi Generalito, para qué se molesta!
—Se presentará con él a San Pedro. Ándele no más, le subo en mi carruaje a los Mostenses. No quiero que se vaya al otro mundo descontento de Santos Banderas. Me conversará durante el día, ya que tan pronto dejaremos de comunicarnos. Posiblemente le alcanza una sentencia de pena capital. ¿Licenciadito, por qué me ha sido tan pendejo? ¿Quién le inspiró la divulgación de las resoluciones presidenciales? ¿A qué móviles ha obedecido tan vituperable conducta? ¿Qué cómplices tiene? Hónreme montando en mi carruaje y tome luneta a mi diestra. Todavía no ha recaído sentencia sobre su conducta y no quiero prejuzgar su delincuencia.
LIBRO SEGUNDO
FLAQUEZAS HUMANAS
I
Don Mariano Isabel Cristino Queralt y Roca de Togores, Ministro plenipotenciario de Su Majestad Católica en Santa Fe de Tierra Firme, Barón de Benicarlés y Caballero Maestrante, condecorado con más lilailos que borrico cañí, era a las doce del día en la cama, con gorra de encajes y camisón de seda rosa. Merlín, el gozque faldero, le lamía el colorete y adobaba el mascarón esparciéndole el afeite con la espátula linguaria. Tenía en el hocico el faldero arrumacos, melindres y mimos de maricuela.