Don Celes, como en un pésame, estrechó largamente la mano del carcamal, que le animó con gesto de benévola indiferencia:
—¡Querido Celes, trae usted cara de grandes sucesos!
—Estoy, mi querido amigo, verdaderamente atribulado.
El Barón de Benicarlés le interrogó con una mueca de suripanta:
—¿Qué ocurre?
—Querido Mariano, me causa una gran mortificación dar este paso. Créamelo usted. Pero las críticas circunstancias por que atraviesan las finanzas del país me obligan a recoger numerario.
El Ministro de Su Majestad Católica, falso y declamatorio, estrechó las manos del ilustre gachupín:
—Celes, es usted el hombre más bueno del mundo. Estoy viendo lo que usted sufre al pedirme su plata. Hoy se me ha revelado su gran corazón. ¿Sabe usted las últimas noticias de España?
—¿Pero hubo paquete?
—Me refiero al cable.