—Deja esa alicantina. Te lo juro por el escapulario que mi madre, pobrecita, me puso al salir de la adorada España.

El Curro se había conmovido con un eco sentimental de copla andaluza. Su Excelencia apuntaba una llama irónica en el azulino horizonte de sus ojos huevones:

—Bueno, sírveme de azafata.

—¡Sinvergonzona!

III

El Representante de Su Majestad Católica, perfumado y acicalado, acudió al salón donde hacía espera Don Celes. Un pesimismo sensual y decadente, con lemas y apostillas literarias, retocaba, como otro afeite, el perfil sicológico del carcamal diplomático, que en los posos de su conciencia sublimaba resabios de amor, con laureles clásicos: Frecuentemente, en el trato social, traslucía sus aberrantes gustos con el libre cinismo de un elegante en el Lacio: Tenía siempre pronta una burla de amables epigramas, para los jóvenes colegas incomprensivos, sin fantasía y sin humanidades: Insinuante, con indiscreta confidencia, se decía sacerdote de Hebe y de Ganimedes. Bajo esta apariencia de frívolo cinismo, prosperaban alarde y engaño, porque nunca pudo sacrificar a Hebe. El Barón de Benicarlés mimaba aquella postiza afición flirteando entre las damas, con un vacuo cotorreo susurrante de risas, reticencias e intimidades. Para las madamas era encantador aquel pesimismo de casaca diplomática, aquellos giros disertantes y parabólicos de los guantes londinenses, rozados de frases ingeniosas diluidas en una sonrisa de oros odontálgicos. Aquellas agudezas eran motivo de gorjeos entre las jamonas otoñales: El Mundo podía ofrecer un hospedaje más confortable, ya que nos tomamos el trabajo de nacer. Sería conveniente que hubiese menos tontos, que no doliesen las muelas, que los banqueros cancelasen sus créditos. La edad de morir debía ser una para todos, como la quinta militar. Son reformas sin espera, y con relación a las técnicas actuales, está anticuado el Gran Arquitecto. Hay industriales yanquis y alemanes que promoverían grandes mejoras en el orden del mundo si estuviesen en el Consejo de Administración. El Ministro de Su Majestad Católica tenía fama de espiritual en el corro de las madamas, que le tentaban en vano poniéndole los ojos tiernos.

IV

—¡Querido Celes!

Al penetrar en el salón, con sonrisa belfona recataba la congoja del ánimo, estarcido de suspicacias: ¡Don Celes! ¡Las cartas! ¡La mueca del Tirano! Un circunflejo del pensamiento sellaba la tríada con intuición momentánea, y el carcamal rememoraba su epistolario amoroso, y la dolorosa inquietud de otro disgusto lejano, en una Corte de Europa. El Ilustre Gachupín era en el estrado, con el jipi y los guantes sobre la repisa de la botarga: Bombón y badulaque, tendida la mano, en el salir de la penumbra dorada se detuvo fulminado por el ladrido del faldero que, arisco y mimoso, sacaba el agudo flautín entre las zancas de Su Excelencia:

—No quiere reconocerme por amigo.