Don Celes Galindo entornaba los ojos, abierta una sonrisa de oráculo entre las patillas de canela.
V
El Ilustre Gachupín extravagaba por los más encumbrados limbos la voluta del pensamiento: Investido de conciencia histórica, pomposo, apesadumbrado, discernía como un deshonor rojo y gualda el epistolario del Ministro de Su Majestad Católica al Currito de Sevilla. ¡Aberraciones! Y subitánea, en un silo de sombra taciturna, atisbó la mueca de Tirano Banderas. ¡Aberraciones! El verde mohín trituraba las letras. Y Don Celes, con mentales votos de hijo predilecto, ofrecía el sonrojo de su calva panzona en holocausto de la Madre Patria. El impulso de imponerle un parche en las vergüenzas le inundó generoso, calde, con el pulso entusiasta de la onda sanguínea en los brindis y aniversarios nacionales. La botarga del ricacho era una boya de ecos magnánimos. El Barón, de media anqueta en el sofá, cristalizaba los ambiguos caramelos de una sonrisa protocolaria. Don Celestino le tendió la mano condolido, piadoso, tal como su lienzo en el Vía-Crucis la María Verónica:
—Yo he vivido mucho. Cuando se ha vivido mucho, se adquiere cierta filosofía para considerar las acciones humanas. Usted me comprende, querido Mariano.
—Todavía no.
El Barón de Benicarlés limitaba el azul horizonte de los ojos huevones, entornando los párpados. Don Celes cambió toda la cara en un gran gesto abismado y confidencial:
—Ayer la policía, en mi opinión propasándose, ha efectuado la detención de un súbdito español, y practicado un registro en sus petacas... Ya digo, en mi opinión, extralimitándose.
El carcamal diplomático asintió con melindre displicente:
—Acabo de enterarme. Me ha visitado con ese mismo duelo Currito Mi-Alma.
El Ministro de Su Majestad Católica sonreía, y sobre la crasa rasura, el colorete, abriéndose en grietas, tenía un sarcasmo de careta chafada. Se consternó Don Celes: