—Mariano, es asunto muy grave. Precisa que, puestos de acuerdo, lo silenciemos.

—¡Carísimo Celestino, es usted una virgen inocente! Todo eso carece de importancia.

En la liviana contracción de su máscara, el colorete seguía abriéndose, con nuevas roturas. Don Celes acentuaba su gesto confidencial:

—Querido Mariano, mi deber es prevenirle. Esas cartas están en poder del General Banderas. Acaso violo un secreto político, pero usted, su amistad, y la Patria... ¡Querido Mariano, no podemos, no debemos olvidarnos de la Patria! Esas cartas actúan en poder del General Banderas.

—Me satisface la noticia. El Señor Presidente es bien seguro que sabrá guardarlas.

El Barón de Benicarlés acogíase en una actitud sibilina de hierofante en sabias perversidades. Insistía Don Celes, un poco captado por aquel tono:

—Querido Mariano, ya he dicho que no juzgo de esas cartas, pero mi deber es prevenirle.

—Y se lo agradezco. Usted, ilustre amigo, se deja arrebatar de la imaginación. Crea usted que esas cartas no tienen la más pequeña importancia.

—Me alegraría que así fuese. Pero temo un escándalo, querido Mariano.

—¿Puede ser tanta la incultura de este medio social? Sería perfectamente ridículo.