Don Celes se avino, marcando con un gesto su avenencia:
—Indudablemente, pero hay que silenciar el escándalo.
El Barón de Benicarlés entornaba los ojos, relamido de desdenes:
—¡Un devaneo! Ese Currito le confieso a usted que me ha tenido interesado. ¿Usted le conoce? ¡Vale la pena!
Hablaba con tan amable sonrisa, con un matiz británico de tan elegante indiferencia, que el asombrado gachupín no tuvo ánimos para sacar del fuelle los grandes gestos. Fallidos todos, murmuró, jugando con los guantes:
—No, no le conozco. Mariano, mi consejo es que debe usted tener amigo al General.
—¿Cree usted que no lo sea?
—Creo que debe usted verle.
—Eso, sí, no dejaré de hacerlo.
—Mariano, hágalo usted, se lo ruego, en nombre de la Madre Patria. Por ella, por la Colonia. Ya usted conoce sus componentes, gente inculta, sin complicaciones, sin cultura. Si el cable comunica alguna novedad política...