Nachito, por congraciarse hostigaba la befa, mimando el canto y el compás saltarín de la rana. Con cuáqueros vinagres le apostrofó el Tirano:
—No haga el bufón, Señor Licenciado. Estos buenos amigos que van a juzgarle, no se dejarán influenciar por sus macanas: Espíritus cultivados, el que menos ha visto funcionar los Parlamentos de la Vieja Europa.
—¡Juvenal y Quevedo!
El ilustre gachupín se acariciaba las patillas de canela, rotunda la botarga, inflado el papo de aduladores énfasis. Se santiguaba la vieja rabona:
—¡Virgen de mi Nombre, la jugó Patillas!
—¡Pues hizo saque!
—¡De salir siempre tan enredada la madeja del mundo, no se libraba ni el más santo de verse en el Infierno!
—Una buena sentencia, Doña Lupita. ¿Pero su alma no siente el sobresalto de haber concitado el tumulto de tantas acciones, de tantos vitales relámpagos?
—¡Mi jefecito, no me asombre!
—Doña Lupita, ¿no temblás vos ante el problema de nuestras eternas responsabilidades?