—Tampoco es razón. A mi sala de audiencias puede llegar el último cholo de la República. Licenciado Sostenes Carrillo, queda a su cargo instruir el proceso en averiguación del supuesto fregado...

IV

Doña Lupita, corretona y haldeando, fue a sacar los cocos puestos bajo una cobertera de palmitos en la tierra regada. El Tirano, sentado en el poyo miradero de los frailes, esparcía el ánimo cargado de cuidados: Sobre el bastón con borlas doctorales y puño de oro, cruzaba la cera de las manos: En la barbilla, un temblor; en la boca verdosa, un gesto ambiguo de risa, mofa y vinagre:

—Tiene mucha letra la guaina, Señor Licenciado.

—Patroncito, ha visto la chuela.

—Muy ocurrente en las leperadas. ¡Puta madre! Va para el medio siglo que la conozco, de cuando fui abanderado en el Séptimo Ligero: Era nuestra rabona.

Doña Lupita amusgaba la oreja, haldeando por el jacalito. El Licenciado recayó con apremio chuflero:

—¡No se suma mi vieja!

—En boca cerrada no entran moscas, valedorcito.

—No hay sello para una vuelta de mancuerda.