Don Celes Galindo, el ilustre gachupín, jugaba con el bastón y el sombrero mirando a la puerta de la recámara: Su redondez pavona, en el fondo mal alumbrado del vasto locutorio, tenía esa actitud petulante y preocupada del cómico que, entre bastidores, espera su salida a escena. Al Coronel-Licenciado, que asomaba y tendía la mirada, hizo reclamo, agitando bastón y sombrero. Presentía su hora, y la transcendencia del papelón le rebosaba. El Coronel-Licenciado levantó la voz, parando un ojo burlón y compadre sobre los otros asistentes:
—Mi Señor Don Celeste, si tiene el beneplácito.
Entró Don Celeste y le acogió con su rancia ceremonia el Tirano:
—Lamento la espera y le ruego muy encarecido que acepte mis justificaciones. No me atribuya indiferencia por saber sus novedades: ¿Entrevistó al Ministro? ¿Platicaron?
Don Celes hizo un amplio gesto de contrariedad:
—He visto a Benicarlés: Hemos conferenciado sobre la política que debe seguir en estas Repúblicas la Madre Patria: Hemos quedado definitivamente distanciados.
Comentó ceremoniosa la momia:
—Siento el contratiempo, y mucho más si alguna culpa me afecta.
Don Celes plegó el labio y entornó el párpado, significando que el suceso carecía de importancia:
—Para corroborar mis puntos de vista, he cambiado impresiones con algunas personalidades relevantes de la Colonia.