—Hábleme de su Excelencia el Señor Ministro de España. ¿Cuáles son sus compromisos diplomáticos? ¿Por qué su actuación contraria a los intereses españoles aquí radicados? ¿No comprende que la capacitación del indígena es la ruina del estanciero? El estanciero se verá aquí con los mismos problemas agrarios que deja planteados en el propio país, y que sus estadistas no saben resolver.
Don Celeste tuvo un gran gesto adulador y enfático:
—Benicarlés no es hombre para presentarse con esa claridad y esa transcendencia las cuestiones.
—¿En qué argumentación sostiene su criterio? Eso estimaría saber.
—No argumenta.
—¿Cómo sustenta su opinión?
—No la sustenta.
—¿Algo dirá?
—Su criterio es no desviarse en su actuación de las vistas que adopte el Cuerpo Diplomático. Le hice toda suerte de objeciones, llegué a significarle que se exponía a un serio conflicto con la Colonia. Que acaso se jugaba la carrera. ¡Inútil! ¡Mis palabras han resbalado sobre su indiferencia! ¡Jugaba con el faldero! ¡Me ha indignado!
Tirano Banderas, interrumpió con su falso y escandido hablar ceremonioso: