—Don Celes, venciendo su repugnancia, aún tendrá usted que entrevistarse con el Señor Ministro de España: Será conveniente que usted insista sobre los mismos tópicos, con algunas indicaciones muy especializadas. Acaso logre apartarle de la perniciosa influencia del Representante Británico. El Señor Inspector de Policía tiene noticia de que nuestras actuales dificultades obedecen a un complot de la Sociedad Evangélica de Londres. ¿No es así, Señor Inspector?
—¡Indudablemente! La Humanidad que invocan las milicias puritanas es un ente de razón, una logomaquia. El laborantismo inglés, para influenciar sobre los negocios de minas y finanzas, comienza introduciendo la Biblia.
Meció la cabeza Don Celes:
—Ya estoy al cabo.
La momia se inclinó con rígida mesura, sesgando la plática:
—Un español ameritado no puede sustraer su actuación cuando se trata de las buenas relaciones entre la República y la Patria Española. Hay a más un feo enredo policíaco. El Señor Inspector tiene la palabra.
El Señor Inspector, con aquel gesto de burla fúnebre, paró un ojo sobre Don Celes:
—Los principios humanitarios que invoca la diplomacia, acaso tengan que supeditarse a las exigencias de la realidad palpitante.
Rumió la momia:
—Y en última instancia, los intereses de los españoles aquí radicados, están en contra de la Humanidad. ¡No hay que fregarla! Los españoles aquí radicados representan intereses contrarios. ¡Que lo entienda ese Señor Ministro! ¡Que se capacite! Si le ve muy renuente, manifiéstele que obra en los archivos policíacos un atestado por verdaderas orgías romanas, donde un invertido simula el parto. Tiene la palabra el Señor Inspector.