una seña de masón.

En la Recámara Verde, iluminada con altarete de luces aceiteras y cerillos, atendía, apagando un cuchicheo, la pareja encuerada del pecado. Llegaba el romance prendido al son de la guitarra. En el altarete, las mariposas de aceite cuchicheaban y los amantes en el cabezal. La daifa:

—¡Era bien ruin!

El coime:

—¡Ateo!

—En la noche de hoy, ese canto de verdugos y ajusticiados, parece más negro que un catafalco.

—¡Vida alegre, muerte triste!

—¡Abrenuncio! ¡Qué voz de corneja sacaste! ¿Veguillas, tú, vista la hora final, confesarías como cristiano?

—¡Yo no niego la vida del alma!

—¡Nachito, somos espíritu y materia! ¡Donde me ves con estas carnes, pues una romántica! De no haber estado tan bruja, hubiera guardado este día. ¡Pero es mucho el empeño con el ama! Nachito, ¿tú sabes de persona viviente que no tenga sus muertos? Los hospicianos, y aun esos porque no los conocen. Este aniversario merecía ser de los más guardados: ¡Trae muchos recuerdos! Tú, si fueses propiamente romántico, ahora tenías un escrúpulo: Me pagabas el estipendio y te caminabas.