—¿Y caminarme sin aflojar la plata?

—También. ¡Yo soy muy romántica! Ya te digo que de no hallarme tan en deuda con la madrota...

—¿Quieres que yo te cancele el crédito?

—Pon eso claro.

—¿Si quieres que yo te pague la deuda?

—No me veas chuela, Nachito.

—¿Debes mucho?

—¡Treinta Manfredos! ¡Me niega quince que le entregué por las Flores de Mayo! ¡Como tú te hicieses cargo de la deuda y me pusieses en un pupilaje, ibas a ver una fiel esclava!

—¡Siento no ser negrero!

La daifa quedose abstraída mirando las luces de sus falsos anillos. Hacía memoria. Por la boca pintada corría un rezo: