—Esta conversación, pasó otra vez de la misma manera: ¿Te acuerdas, Veguillas? Pasó con iguales palabras y prosopopeyas.

—Pudiera.

La moza del pecado, entrándose en sí misma, quedó abismada, siempre los ojos en las piedras de sus anillos.

II

Percibíase embullangado el guitarro, el canto y la zarabanda de risas, chapines y palmas con que jaleaban las del trato. Gritos, carrerillas y cierre de puertas. Acezo y pisadas en el corredor. Los artejos y la voz de la Taracena:

—¡El cerrojo! Horita vos va con una copla Domiciano. El cerrojo, si no lo tenéis corrido, que ya le entró la tema de escandalizar por las recámaras.

Siempre abismada en la fábula de sus manos, suspiró la romántica:

—¡Domiciano toma la vida como la vida se merece!

—¿Y el despertar?

—¡Ave María! ¿Esta misma plática no la tuvimos hace un instante? ¿Veguillas, cuándo fueron aquellos pronósticos tuyos, del mal fin que tendría el Coronelito de la Gándara?