—Aquí estoy, noble joven. Solamente pido para serenarme, un trago de agua. Todo es un sueño.

En este registro, se le atora el gallo. Llega del corredor estrépito de voces y armas. Empuñando el revólver cubre la puerta la figura del Mayor Abilio del Valle. Detrás, soldados con fusiles:

—¡Manos arriba!

V

Por otra puerta una gigantona descalza, en enaguas y pañoleta: La greña aleonada, ojos y cejas de tan intensos negros que, con ser muy morena la cara, parecen en ella tiznes y lumbres: Una poderosa figura de vieja bíblica: Sus brazos de acusados tendones, tenían un pathos barroco y estatuario. Doña Rosita Pintado entró en una ráfaga de voces airadas, gesto y ademán en trastorno:

—¿Qué buscan en mi casa? ¿Es que piensan llevarse al chamaco? ¿Quién lo manda? ¡Me llevan a mí! ¿Estas son leyes?

Habló el Mayor del Valle:

—No me vea chuela, Doña Rosita. El retoño tiene que venirse merito a prestar declaración. Yo le garanto que cumplida esa diligencia, como se halle sin culpa, acá vuelve el muchacho. No tema ninguna ojeriza. Esto lo dimanan las circunstancias. El muchacho vuelve si está sin culpa, yo se lo garanto.

Miró a su madre el mozalbete y, con arisco ceño, le recomendó silencio. La gigantona estremecida corrió para abrazarle, en desolado ademán los brazos. La arrestó el hijo con gesto firme:

—Mi vieja, cállese y no la friegue. Con bulla nada se alcanza.