Despeinadas y ojerosas atisbaban tras de la reja las pupilas de Taracena. Se afanan por descubrir a los prisioneros, sombras taciturnas entre la gris retícula de las bayonetas. El sacristán de las monjas sacaba la cabeza por el arquillo del esquilón. Tocaban diana las cornetas de fuertes y cuarteles. Tenía el mar caminos de sol. Los indios, trajinantes nocturnos, entraban en la ciudad guiando recuas de llamas cargadas de mercadería y frutos de los ranchos serranos: El bravío del ganado recalentaba la neblina del alba. Despertábase el Puerto con un son ambulatorio de esquilas, y la patrulla de fusiles desaparecía con los dos prisioneros por el Arquillo de las Portuguesas. En el congal, la madrota daba voces ordenando que las pupilas se recogiesen a la perrera del sotabanco, y el coime, con una flor en el pelo, trajinaba remudando la ropa de las camas del trato. Lupita la Romántica, en camisa rosa, rezaba ante el retablo de luces en la Recámara Verde. Murmuró el coime con un alfiler en los labios, al mismo tiempo que estudiaba los recogidos de la colcha:

—¡Aún no se me fue el sobresalto!

CUARTA PARTE

AMULETO NIGROMANTE

LIBRO PRIMERO

LA FUGA

I

El Coronelito Domiciano de la Gándara, en aquel trance, se acordó de un indio a quien tenía obligado con antiguos favores. Por Arquillo de Madres, retardando el paso para no mover sospecha, salió al Campo del Perulero.

II