Los miósporos despreciados por los jardineros, eran el galope de las verduras, el encabritamiento del campo, una nota verde tan entrañable que era la tenacidad de la primavera en aquellos parajes.

¡En cuantas excitaciones a dejar su Quinta, se había agarrado a los miósporos verdes, varoniles, fuertes como los grandes clavos de que se amarran los barcos!

Se la ocurrió de pronto inventar la fiesta de Eva.

Escogió la mejor manzana de los pomares por que pasaron.

—¡Qué bien harías de Eva!—la había dicho él y ella había respondido:

—A la noche.

Y en el coche, con su bellísima manzana en la mano, tenía un tipo muy sugestivo de Eva vestida.

Al pasar por entre el caserío, con rubor de enseñar algo prohibido, ocultó la manzana.

A veces una rueda iba por el mar y la otra por la tierra.

El cabrilleo de las aguas producía un fenómeno picatorio.