—Los molinos parecen coquetas que se han echado la sombrilla al hombro.

El valle la ofreció sus últimas flores por haber dicho aquello y abrió un poco más sus capullos bufándolos con ese gesto rápido de las floristas, fáciles comadronas de las flores.

Convenía decir una sola frase en paisaje tan puro. Sin ser sobrecargada esa única frase, quedaba como luminosa flor ultravioleta que luciese mucho.

Ante el pino solitario dijo de nuevo Palmyra, sin pensar en cómo eran de vanos los oídos que la escuchaban:

—Este pino, tan sólo, es como el pastor de un rebaño de pinos que se le escaparon...

Los miósporos primaveralizaban siempre los caminos, creciendo salvajes, verdes invierno y verano, siempre con hoja reluciente, fuerte y cantarina.

Los miósporos propalaban la cordialidad del buen clima y curaban todo desengaño. El miósporo no es árbol que consiente a los muertos congregarse bajo él. Sólo la vida, las tardes veraniegas, los andenes de sombra en los días demasiado soleados.

Los miósporos, árboles silvestres y no muy apreciados, bailaban la alegría del árbol con jarana interior.

Crecidos hasta entre las piedras del buen país son valientes, griegos, siempre como frente a un mar lleno de la ilusión primera, a la vista de los primeros barcos crédulos que llevaban un ojo escrito en la proa.

Muchos se desarrollaban en forma de gran bola, como nubes reales, quietas, agarradas a la tierra en la velocidad de su empuje, nubes hijas de la tierra como las otras lo parecen del cielo, aunque tienen que confesar, sin tomar en cuenta el símbolo poético, que también lo son de la tierra.