El campo tenía doble perfume. Ya día de otoño muy entrado y, por lo tanto apenas con flores, se oligüiscaba el perfume de las flores maceradas para lograr su esencia.

Aquella tarde el coche había ido más temprano, inmediatamente después de comer, a la una y media de la tarde.

Los caballos tenían ese latir impaciente que les caracteriza, como si se pusiesen cada vez más nerviosos de esperar al que ha de bajar. Palmyra los acarició antes de subir al coche, fijándose, como siempre, en esa sufrencia que las venas de su cara dan al caballo.

Del día irradiaban los caminos felices y rectos del día optimista.

Iban al Palacio Ruso, palacio misterioso, edificado en medio de los bosques, en lo alto de un monte y al que se podía visitar consiguiendo permiso en Lisboa. Hacía tiempo que Palmyra tenía ganas de visitar aquel palacio de difícil acceso, pues para llegar a él tenía que hacer el coche una espiral de trescientas vueltas alrededor del empinado monte. Los cocheros la disuadían siempre «porque los caballos vulgares no sirven para eso».

Palmyra no dejaba de entrever en lo alto del boscaje como extraño palomar de cúpulas moscovitas aquel palacio a cuyas ventanas quería asomarse alguna vez.

Por eso iba radiante. El camino era precioso y a veces tropezaba con un chalet de interior delectable o con un nombre dichoso como «O Miradouro». Nuevas Arcadias pasaban en su excursión y sobre los tejados de los pueblecillos se secaban las calabazas como soles antiguos.

Eran llevados como por unos tritones de los que se sentía además el oleaje marginal.

Palmyra hablaba menos que había hablado con sus otros amantes al cruzar por el mismo paisaje.

Sólo dijo al pasar ante los molinos erguidos sobre el horizonte: